Supongo que estos proyectos sin ánimo de lucro y sin una finalidad a corto plazo deben estar bañados de muuuucha decisión y voluntad, así que aquí me encuentro, ante el ordenador incluso antes de que el retoño se haya ido a la cama.
Hoy es un día raro en la cocina de esta casa de posguerra, pues es lunes, es decir, día de picnic.
Desde hace años, por eso de darle un toque interesante a este fatídico día de la semana, decidimos que los lunes eran los días en los que nos damos homenajes gastronómicos. Antes tenía más tiempo, buscaba recetas, compraba ingredientes dificilísimos, y nos tirábamos toda la semana pensando en la cena del lunes siguiente.
Conclusión: He creado un pequeño monstruo de casi nueve años que me pide sashimi y me dice que me he pasado de zanahoria en el morcillo encebollado (receta a tratar en un futuro, por cierto).
Bueno, pues como las cosas han cambiado, hoy cenamos filetes con patatas.
Los filetes los traigo de Asturias, caca vez que voy que traigo un cargamento de carne y la congelo en paquetitos, aunque en cuanto se acabe el último cargamento empezaré a aprovechar mi nuevo trabajo y me acercaré a Mercamadrid a visitar a mis clientes, los que compran toneladas de vacuno.
Los filetes que cenamos son de corbata, una parte de la vaca muy jugosa, aunque también van fenomenal solomillo, lomo bajo o alto, tapa y contratapa, babilla y cadera, evidentemente, en posguerra el solomillo y el lomo alto están reservados para grandísimas ocasiones.
Bueno, pues yo el filete lo hago vuelta y vuelta, caliento primero la plancha unos ocho minutos, y como me gusta poco hecho, pues medio minutillo por cada lado. Lo salo al final.
Las patatas tienen gran poesía, y unas buenas patatas fritas son un manjar.
Primero voy calentando el aceite de oliva para freirlas a fuego medio, con un diente de ajo sin pelar.
Me da tiempo a pelarlas y cortarlas, de lado, no a lo largo, y no muy grandes. Echo una para ver cómo va el aceite, y cuando empieza a bailar, pues echo las demás.
Importante, de verdad, es lo del fuego medio, y cuando ves que están ya bastante hechitas, subes el fuego al máximo para que se doren y que se queden blandas por dentro. Las saco poniéndolas sobre papel absorvente y las salo.
Mi madre las sala antes y le quedan muy ricas, pero a mí me da la sensación de que la sal se queda en el aceite, limpio y reutilizable.
Espero que mañana cenemos algo un poco más interesante, porque creo que la aportación a la humanidad ha sido nula, en fín... mañana más... Buenas noches!
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